06 febrero 2016

Blacksar, DAVID BOWIE

Tenía miedo de contaminación. Es inevitable, no escuchas un disco de un mito viviente con los mismos oídos si acaba de fallecer que si es, sencillamente, "el nuevo de".
Así que voy a hablar de arquitecura: materiales, texturas, espacios ocupados y espacios encerrados. Verticalidad, ingeniería, cristal y hormigón.
La arquitectura de Blackstar es un arte al alcance de muy pocos. Bowie, que es ese señor que al menos ha creado unas treinta obras maestras entre LPes y singles, que lleva en activo desde que los Beatles estaban en activo, que ha cambiado pieles sonoras como quien compra libros nuevos y que ha capitaneado el devenir de la cultura contemporánea como ningún artista ha podido hacer, se ha marcado una obra de campanas. Un edificio cuya construcción pocos podrían abordar. Se dice que pensar en las pirámides es en primer grado asombrarnos de la capacidad arquitectónica de sus creadores. Con Blackstar pasa algo parecido. Bowie, que desde su fallecimiento hace apenas un mes está creciendo más si cabe, como demiurgo de la creatividad de segunda mitad del s XX, ha entregado un trabajo de cálculos casi arcanos, una sabiduría en el uso de melodías, texturas, instrumentos, sonidos, estructuras compositivas... que apabulla y no se abarca ni se comprende del todo, porque pertenece a un hombre incomparable.
Pienso que Blackstar es la obra de un genio que volvía a estar en estado de gracia, un disco que evidentemente es ya el más importante del año. ¿De la década?¿Cuántas veces nos deja un Bowie a los dos días de sacar nuevo disco? Y así caemos en la necrofilia, cierto, lo que quería evitar, pero es que Blacksar no se entiende sin el hecho de la mortalidad de Bowie. Y de la autoconsciencia de quien sabe que está en la recta final.
Por eso Blackstar es más tenebroso que toda la discografía de Scott Walker junta (es lo único que encuentro equiparable a este disco-epitafio), es triste como toda despedida, y provoca al escucharlo sensación de vértigo del que se mece ante un acantilado en medio de un temporal. Acojona, nos hace sentir enormemente pequeños e inmensamente tristes con siete temas sin desperdicio, laberintos de arte musical sombrío y nada, nada fáciles. Dame algo que iguale esto.
Pues tómalo: el clip de "Lazarus":


09 enero 2016

Julius VIP

Me he quedado con cara de palo al enterarme.
A ver, Gran Hermano VIP, hablemos de GHVIP, esa sublimación del "estilo Tele 5", consistente en mentir al espectador ofreciéndole supuestos "reality bites" televisados desde platós anodinos, que en realidad obedecen siempre a un argumento, un guión cerrado que los contratados por la casa (esos supuestos periodistas y contertulios) se estudian antes de salir a aire. La dinámica omnívora de la cadena consiste en presentar al respetable (pero nada respetado) a personajes (no famosos, golondrinos de las 625 líneas, como mucho) mostrando falsas vergüenzas de su falsa vida privada, y teatralizando en directo falsos sentimientos extremos. GH, el original, es una máquina de salchichas, el artefacto necesario para la creación y promoción de nuevos golondrinos, carne fresca para la Gran Sanchicha. La versión VIP apuntala el entramado con el mismo esquema pero partiendo de elementos de la casa o afines a la casa ya conocidos por el espectador, que representan durante meses la misma función que se teatraliza en cualquier otro programa de Tele 5: ofensas, broncas, un poco de sexo aquí y allá...
Vía Antonio Rico he conocido a los actantes de la edición que se estrenó estos días. Ya sabía de El Pequeño Nicolás, claro, pero hay más, a muchos no los conozco, porque son productos de la "endogamia telecinquera": si no ves el canal, carecen de la más mínima trascendencia social.
Pero he aquí que, para mi desconcierto, encuentro a Julius como concursante. ¿Quién? Conocí a este cocinero en su programa de Canal Cocina, (canal que en ocasiones he tenido en abierto).Los 22 minutos de Julius era otro magazine de cocinillas caseras con la curiosidad de que no editan, o eso se pretende: enchufa un crono con 22 minutos y en ese tiempo exacto nos brinda un menú de dos platos.
Frente al común de los cocineros que transitan ese canal, generalmente agarrotados por el miedo escénico, Julius en su espacio se mostraba moderadamente resuelto.
Bueno, no vamos a lanzar cohetes, pero en el programa el hombre se muestra como lo que es: un cocinero profesional con cierta habilidad para trastear delante de las cámaras. El programa lleva años, hasta tiene su sección de cartas de los espectadores, que en ocasiones visitan plató... esas cosas que surgen de tener que hacer cosas nuevas, para enriquecer las nuevas temporadas.Es moderadamente famoso por su oficio y buen hacer, hasta el punto de haber editado algunos libros de esos que se venden mucho en navidades, con recetas del autor, que posa en portada. Que le va perita al Julius, vamos...
Así que ¿porqué meterse en el pozo del retrete televisivo de Tele 5? Antonio Rico dice "dinero" pero no me cuadra. Sí, a ver, me cuadra, 3000 ó 4000 del ala por día aguantando. Pero Julius no es una pescatinera escotada de las noches cuché madrileñas ni un chulopiscinas de arrabal venido a más por acostarse presuntamente con una tenista, si no un profesional de la cocina con una trayectoria sólida y en activo. Supongo en fin que el antiguo cocinero del equipo de Karlos Arguiñano entiende este lodazal como oportunidad de abrirse camino en cadenas generalistas.
Mal camino me parece, poco crédito te resta tras comer mierda delante de la gente: salvo que seas un genio del trash como Divine.
Julius, un consejo: vuelve a tus 22 minutos de gloria.

31 diciembre 2015

30 diciembre 2015

2015, algunas canciones.

Este año estoy muy poco motivado para listas y esas cosas. Las leo, pero no las hago ni he participado en ninguna.
Esto es una playlist, no una lista.
Por eso hay cosas de 2014, oh. Pero es la playlist de algunas de las canciones que durante este 2015 me han impactado: canciones sueltas de discos que no he escuchado enteros, los temas que más me han gustado de álbumes que sí he escuchado enteros, muchas novedades excitantes, algunos gloriosos descubrimientos, clásicos confirmados, incluso avances del 2016 que ya no puedo esperar más.
La música de un año de una persona. De mi persona, en fin.
Si la disfrutas, perfecto, me alegro:

29 diciembre 2015

Lemmy Kilmister, el adios del tigre(tón)

El fallecimiento ayer del líder de Motörhead supone el adiós de uno de esos bichos pata negra del rock, así que sí, yo lo siento.
NO me interesa casi nada el género que Lemmy representa como nadie, nunca me ha interesado el heavy ni por extensión la larga carrera de Motörhead, la verdad, pero al César lo suyo: Motörhead, una de las bandas pioneras en el speed y el trash metal, llevó ese género de pelos cardados y licra marcando bultito en medio de muñecos gigantes sobre el escenario, al sucio polvo de la carretera secundaria, la parada en el tugurio en el camino (dios sabe si tan solo para drenar el alcohol de la barra o para más fechorías) y la vida loca como estilo del "Modo rock". Trascendió el metal, género que además su grupo dinamitó desde dentro para demostrar que sí, se podía hacer rápido, duro y bestia.
Lemmy pecho lobo y bigotón se bebía la vida a sorbos tóxicos y devolvía una imagen bruta, tosca, animal, ajena a los maquillajes y las poses vacías del género. Fue o es, en fin, como Kurt Kobain, Mick Jagger, Chuck D, Jerry Lee Lewis, Thurson Moore, Bobby Gillespie, Patty Smith o Ian Curtis: uno de los iconos del way of rock, que no es un único "way", si no muchos posibles caminos (sonoros, estéticos) pero que pasan por una meta volante ineludible, la verdad. El cantante recién fallecido no engañaba, ni en sus limitaciones (ya era un dinosaurio del metal) ni en sus bondades (un dinosaurio siempre bruto).

25 diciembre 2015

Feliz Navidad a todos, en cualquier lugar de la galaxia

Por aquí han venido Papá Noel, el Apalpador, el Olentzero y el espíritu de las historietas futuras. ¿Y en vuestras casas?
Sea como sea os deseo felices fiestas.

23 diciembre 2015

Hilo musical para navidades

Si pones "christmas alternative" en cualquier reproductor en línea de música, encuentras opciones muy válidas para contrarrestar la borriquita zum zum zum chiquirriquitín y su p%t$ madre. Canciones dulces, como debe ser, de pop contemporáneo y con nombres tan finos como Low, Sufjan Stevens, Flaming Lips, Eels o She & Him.
Por ejemplo esta:

Felices navidades musicales.

20 diciembre 2015

STAR WARS VII, EL DESPERTAR DE LA FUERZA, de JJ Abrams

JJ Abrams ha demostrado en su carrera como director dos cosas, cuanto menos: que es un muy buen director de cintas de acción (Star Trek), y que su universo se nutre de la apropiación entendida como forma de arte (Super 8). Abrams domina el encadenado de escenas en una montaña rusa espectacular y adrenalínica. Sabe organizar las caídas al vacío y los giros locos con los momentos de relax para crear el ritmo que necesita el viaje. Y sus películas son construcciones narrativas especulares, reflejos desde la admiración y el cariño hacia un modo de hacer cine blockbuster que es el suyo, el de su infancia (un niño de los setenta y ochenta).
La 1ª

Yo recuerdo perfectamente el estreno en Santiago de Compostela de "La guerra de las Galaxias", un estreno que marcó culturalmente, sin proponérselo, nuestra transición. Era el "todo es posible" de un tiempo con ganas de cambio nacional, materializado en la chulería de Lucas; y de un cine que también creía que todo era posible. Es una metáfora pillada por los pelos y que desde luego no me afectó ni la tuve remotamente presente con siete u ocho años. Aquello era increíble. No, perdonad, lo que era es... creíble. Creíble como nunca antes. Un refrito de géneros (la original fue otro juego de espejos, en fin) con naves que surcaban la galaxia, cantinas abarrotadas de marcianos y armas de un poder que empequeñecía los delirios de los tebeos Marvel, aquellos que felizmente trituraba, en los setenta, la editorial Vértice.
Marvel edición de bolsillo, blanco y negro, páginas remontadas.
Magia, con todo.
Lo que yo recuerdo son las enormes colas en el cine Capitol, el "ya han agotado entradas" y para casita chafado, la emoción de los compañeros de clase que ya la habían visto (y la contaban, en 1977 no nos andábamos con "aviso, spoilers"), y sí, el día que por fin pude verla. Y el día en que por fin pude repetirla. Y el día en que por fin pude volver a repetirla. Porque yo fui tres veces al Capitol a ver La guerra de las Galaxias en aquel universo sin VHS y con un par de canales de tele, donde para recrear la película o la veías de nuevo en sala grande o te comprabas el tebeo (que también). La guerra de las Galaxias (se habrá notado que no la llamo de otro modo, a la primera) está instalada, con su mitología, en algún lugar de mi cerebro.
Cine Capitol, lujo franquista en la capital gallega

Más: recuerdo la emoción ante la tragedia oscura de El Imperio Contraataca (1980, diez años), con la congelación de Han Solo como momento emocional sin parangón ("Te quiero", "Lo sé", ese diálogo estúpido y escueto no mola, es "la molonidad" encarnada), y el poder voltáico del Emperador en El retorno del jedi en 1983 (otra vez con regusto marvelita).
Las nuevas visualizaciones, con la edad y la paternidad, ponen a esa ficción en un lugar cinematográfico concreto, que no es el de las obras maestras, pero posiblemente, cuanto menos la primera de la saga, tiene un valor indiscutible, el de generar una cosmología fantástica verista que se incrustó en una generación. Nunca antes nos habíamos creído la ficción así. No como la estábamos sintiendo en ese momento, cabalgando naves para enfrentarnos a la imbatible Estrella de la Muerte.

La segunda parte de la trilogía fue el desarrollo de las reglas del juego que ideó su creador, George Lucas. Así, como el invento era suyo, entre 1999 y 2005 Lucas se dedicó a meter efectos de alta tecnología (para su tiempo), crear incongruencias argumentales (entonces, a Luke lo escondieron de su padre Vader... en el pueblo en que Vader nació y creció... inteligente medida) y empantanar un relato pulp vistiendo al emperador con irreales abalorios palatinos, cortes "complejas", fracciones políticas y explicaciones cientifistas para el mesianismo espiritual de la primera saga. Todo en manos de actores sin chicha, personajes sin pegada y argumentos pseudo shakesperianos (reyes caídos, venganzas, cortes corruptas...). Mucho bostezo. Digamos que Lucas quería desarrollar las reglas que había inventado, expandiendo el tablero, creando nuevas fichas (Jar Jar Binks, Darth Mauld, Dooku...) etc. Pero la expansión le salió rana, mejor jugar otra vez al viejo y sencillo juego setentero/ochentero, sencillo, pero eficaz en su dinámica de tirar dados y repetir porque me toca.
Y en estas, diez años después de ver por primera/última vez a Darth Vader, vuelve la saga, tercera trilogía, lo que pasa después de Vader.
Un póster como los de antes. Espejito, espejito...
JJ Abrams, el mago de la acción, el cineasta que reivindica el reflejo del pasado como forma de arte (el sampleado, podríamos decir) ha entregado la primera de la nueva saga y creo que no podía hacerse mejor. No si ubicas la epopeya del mismo modo que he hecho yo. Abrams quiere jugar y que nosotros juguemos, sabe que las nuevas ampliaciones de Lucas no han funcionado, las obvia completamente, y hace lo que lleva haciendo desde hace mucho tiempo: diseña una nueva montaña rusa, y domina el retrovisor. Creo que estamos ante uno de los más claros y hasta logrados ejemplos de, como decía antes, cine-sampler. Igual que la música ha sabido crear a partir de muestras hurtadas, Abrans copia de la trilogía original sin pudor, indisimuladamente. Ha planeado un nuevo juego sobre las reglas del viejo: o lo tomas, o lo dejas. O te convence, o piensas que esto es una tomadura de pelo. Yo opino que es una jugada muy inteligente, porque hace lo que los fans le piden a la continuación de la saga más importante del cine infantil: revivirla, restaurar las sensaciones que la vida y milagros de Anakin Skywalker les escamoteó. Lo hace con la honradez, además, de que es lo que el propio Adams quiere, porque es lo que suele hacer: reflotar formas y argumentos del pasado, de su memoria sentimental, y darles un "barniz a muñeca" refinado, artesanal (aunque en realidad muy digital), trabajado y con resultados brillantes y pulidos.

El despertar de la fuerza es narrativamente vertiginosa, argumentalmente crea nuevos protagonistas (especialmente Rey, una fabulosa Daisy Ridley destinada a perdurar en la memoria de los fans de la saga) y para el malvado se ciñe al espejo para traer una imagen distorionada de Vader (nada de diablitos con cuernos, por favor... en Star Wars no hay más malo que el caballero de negro... hasta muerto, su sombra sigue siendo aquí la que anima al mal). malo con matices dramáticos: Kylo Ren es muy diferente al marmóreo Vader, es un chiquillo débil, irascible y a la vez temible y poderoso.
A mayores, los efectos son de traca. Al volver a casa, bien, en la televisión estaban reponiendo (es lo que hay, estos días toca) Episodio II: El Ataque de los Clones. Su textura y su paleta cromática resultan planas y hasta horteras, por comparación a la rocosidad árida de la cinta de Abrams.
Textura.
Los efectos especiales de El despertar tienen algo de artesanal, de ochentero, pero al tiempo logran un verismo que nunca se había alcanzado. Es lo que tiene el tiempo, hoy lo que se avanza en un año en efectos y posibilidades es una barbaridad. Y así el Halcón Milenario vuela, sencillamente, como nunca ha volado, ni él ni ninguna otra nave espacial en película alguna. Solo por ver lo bien que ha rodado Abrams las escenas de esa nave, sus vuelos rasantes, sus choques con la naturaleza, cómo esquiva, cómo se hunde y cómo se eleva, merece la pena ver la peli.
Solo por eso... y por su piloto, claro. Harrison Ford sabía que tenía en sus manos el deber y la posibilidad de hacer de su mítico personajes la leyenda perfecta, cerrar su ciclo, no fastidiarla, en fin. La mirada cansada, melancólica y guardiana de secretos de Solo, en primer plano o en plano general, merece la pena y debe tomarse como una victoria interpretativa: Ford ha redondeado al que siempre ha sido el mejor personaje de una saga nacida para crear mitologías hollywoodienses.
Han Solo: leyenda.
El actor que mejor ha mantenido su carrera desde aquel 77 (al menos en permanencia mediática y popularidad) vuelve a ser Han de un modo convincente, quizá porque sabe expresar mejor al personaje en lo que calla que en lo que dice y hace. Esto último es muy "lo de siempre", canallesco, seductor, noble. Lo que oculta es un hiato temporal, el que va del beso final con Leia en El retorno del jedi al presente de esta nueva película, ya incrustada en la saga sin posibilidad de aminorar su impacto.
Impacto que será enorme o mínimo dependiendo de la afinidad de cada cual hacia las cosicas de Luke Skywalker (aquí , la importansísima "presencia fantasma"), Vader, Solo y Chewaka, que ahí está, molando que es gerundio.

PD: si yo la he ponderado positivamente entendiendo lo que es y a quién puede llegar, no os cuento cómo está mi hijo de nueve años :D